Te quiero
dias como hoy que me urge verlo o oirlo porke lo pienso tanto porque tanto lo kiero, entre la nada, el silencio, ruido, risa o nintendo, wiiiiiii)
Labels: Te quiero de Jaime Sabines
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Comencemos por el significado de inmensidad:
Infinitud en la extensión; atributo de solo Dios, infinito e inmensurable.
Es decir que la inmensidad es demasiado, un tributo sólo para lo no físico, incluso divino, de un ser todo creador y poderoso. La inmensidad no cabe en el cuerpo, no lo puede soportar, porque es humano y material, en el sentido capitalista, en la materia que no se crea ni se destruye, que sólo se transforma… ¿cómo transformas la inmensidad?… esta no es materia finita, delimitada…como el cuerpo.
La felicidad inmensa: un buen suceso, una excelente noticia, el sentimiento de éxito o la emoción de un nuevo amor, de ahí quien canta, baila o grita, porque es inmenso lo que se siente y no le cabe en el cuerpo, por eso lo saca, lo mueve, lo expresa, porque que es demasiado para el cuerpo material finito.
Sobre el dolor que causa la tristeza… cuando esta emoción es inmensa y no cabe en el cuerpo, escapa en gotas de cristal materializado. Después vienen otros sucesos, y es que los humanos son tan complicados… si uno es tomado por la felicidad ésta durará unos días, horas, segundos; pero si la tristeza inmensa llega ésta puede arrasar con la vida misma.
Pero basta de divagar, así que les contaré la historia de ella, la única sobreviviente a la inmensidad del dolor y que no murió de amor.
A Ester nunca le gustó llamarse María, porque sus creencias católicas le hacían pensar no merecer el nombre de tan sagrada mujer, que jamás rindió sus piernas ante el deseo de la carne y concibió un hijo manteniendo su pureza, cosa que ella no pudo hacer, misma a la que renunció a los dieciocho años creyendo amor y que sólo le dieron alas.
La noticia tomó a María Ester por sorpresa, ni la vio venir, ni la comprendió y tal vez nunca quiso hacerlo, aún cuando años después de vieja se acordaba y un cristalito sobrante de aquella noche se le escapaba.
Es imposible relatar cómo ocurrieron los hechos, porque María Ester nunca quiso hablar de eso, sólo se dedicó a bordar y contar lo que sintió, porque lo sintió por primera vez… o por milésima, pero es que así es la inmensidad, cuando ocurre parece la primera, la más fuerte… hasta que vuelve a llegar en algún otro tiempo.
A María, perdón, Ester, la contrariaba el estado de su mente, la inestabilidad de su cuerpo y sus irremediables ganas de amar, eso sí lo tengo por seguro. Siempre dijo que su error fue estar en el momento impreciso de unas horas robadas al Señor del destino.
Cuando unas palabras cruzaron sus pequeñas orejas, se le revolvió toda la panza, impulsándola irremediablemente a cerrar los ojos para después abrirlos y reincorporarse al mundo real, de un brinco salió de la cama pero otro cuerpo la detuvo, grave error, porque interrumpió la fuga de la inmensidad que tenía Ester en ese momento y todo saldría mal.
Se quedó echada en las sábanas también prestadas, esperando que las extremidades que la aprisionaban, con excelente fuerza, la dejaran ir, esperaba que las mariposas terminaran por cortarle la piel blanca de su estómago o subieran y escaparan por la boca. Pero como no se pudo ocurrieron otros efectos diferentes a los cristales que uno suelta con recelo ante el dolor, después de que las mariposas suben por el esófago y se detienen en la garganta. Le temblaron las piernas y literalmente le dolió el corazón, como si toda la arena que tuviese acumulada se le revolcara por dentro raspándole las sensaciones en cachitos que no podía comprender. Ester cerraba los ojos fuerte ante el dolor y con las manos se apretó el pecho, llamando al corazón con los dedos, exhortándolo a no rendirse, a que no dejara de latir, le rogaba en silencio que no dejara de existir, porque así sentía María, perdón, Ester, sentía que se iba a morir de amor…
Se sostuvo el pecho fuerte y los temblores cesaron, pero ahora en la cabeza existía una revuelta y miles de pensamientos insensatos agregaban más dolor a su situación y pronto tantas ideas le cortaron el oxígeno. Ester se convirtió en víctima de un ataque de ansiedad y todo porque la inmensidad no le cabía y no podía escapar. Los cristales se le congelaron en el interior y no estaban dispuestos a salir, las alas de María Ester no podrían plegarse, congeladas ante el frío que se apoderó de su alma, no podía moverse, estaba inmóvil aún acostada en una cama que no era la suya y que ahora aborrecía, quería gritar pero no podía tampoco, apretó más fuerte su pecho, quien la aprisionaba se alejó de su cuerpo y el corazón se rindió. Abrió la boca y sólo una mariposa salió, pero apenas levantó el vuelo y también murió.
María Ester quedó inmóvil, mirando sin ver al techo adornado por un abanico que circundaba en sombras casi invisibles en la plenitud de una oscura habitación sin cortinas y luna media. De pronto un beso le cubrió la mejilla y sonaron unos pasos masculinos que se escondieron en las penumbras de la habitación, lejos de la cama. Como magia el corazón volvió a latir y ella respiró un suspiro profundo más allá del amor, el de revivir cuando no se deseaba, el de resignación; agradeció el calor de su mejilla pero al mismo tiempo lo odió. Suspiró otravez y volvió en sí, sintió los latidos quietos, apacibles, casi imperceptibles de una semi-viva y compartió ese dolor con su compañero para comprobar que no estaba muerta, que era sólo su imaginación; aquel sujeto atrevió decir que latían igual los de él, pero Ester sabía que no era cierto, que a partir de ese momento su corazón no volvería a latir igual y quedó sintiendo la arena que aún se sacudía en su corazón.
-Cuando me hagan una autopsia llenarás una de tus peceras Le dijo entre cariño y rencor, porque no sabía lo que sentía, no entendía si estaba viva y por eso lo dijo. De pronto un cubito de hielo rodó de su rostro hasta la sabana y ella sonrió, de a mentiras. De a mentiras la inmensidad se le fue olvidando, pero lo que siempre supo es que nunca se le fue, porque nunca pudo encausar el agua congelada. El sentimiento se le quedó siempre adentro, aguardando en esos ojos que aunque reían tenían ganas de llorar a cántaros, pero se tuvieron que conformar con esporádicos vientos sureños para escapar. A Ester nunca se le fue la inmensidad, tal vez por eso nunca se le vio humana o normal, porque su cuerpo finito resplandecía en lo divino de la soledad.
-¿Alguna vez has sentido eso? Ojalá no.Dijo el día que la entrevisté, porque me mandaron a que hablara sobre la Maddonna del amor y le tomara una foto. Y después de tantos años con las alas congeladas, cuando un último cristal se le escapó al ver la imagen, que con tanto amor acarició al no reconocer su propio rostro, soltó el último hielito de su inmensidad guardada. Me sonrío y se fue volando.